miércoles, 23 de septiembre de 2015

Vivir en directo

Cuando yo era niña recuerdo a mi padre en todos los paseos siempre con su cámara en la mano. Cuando cumplí siete años ya yo también tenía mi camarita, una Kodak Instamatic, que también llevaba siempre que había una salida importante.
No recuerdo que pasáramos todo el tiempo pegados a la cámara fotografiando todo lo que aconteciera. Solo dábamos clic a aquello que realmente llamara nuestra atención y la infaltable foto de la familia para que quedara como recuerdo de la ocasión. Hasta allí. El resto del tiempo lo dedicábamos a lo que habíamos ido: a pasear, conocer lugares, visitar a la familia, en fin, disfrutar. Las fotos ya las veríamos tiempo después, pues primero debíamos utilizar todo el rollo de película (pues no lo usábamos todo en el mismo paseo), luego mandarlo a revelar y esperar a que nos llegaran las fotos.
Hace un tiempo escribí en Inspirulina un artículo sobre este mismo tema llamado Fabricando recuerdos. En aquella oportunidad lo hice por la experiencia que viví en un concierto de la academia de música a la que acudía mi hijo. Hoy la idea volvió a mi cabeza cuando vi una foto en un artículo de El País que si la hubiera visto en esa oportunidad hubiera ilustrado perfectamente lo que allí decía.

Mientras todos fotografían el momento, la señora disfruta lo que está viendo. Foto: John Blanding del Boston Globe



La tecnología pone a nuestra disposición la posibilidad de dar clic en cualquier instante, ilimitadamente (bueno, según la capacidad de almacenamiento del dispositivo) y ver el resultado inmediatamente. Esto ha desatado en nosotros una necesidad constante de plasmar todos los momentos, sean cuales sean, aunque solamente estemos lavándonos los dientes en la mañana, llevando a los niños al colegio o simplemente caminando al trabajo.
Vamos dándole clic a todo y en ese constante observar a través de la pantallita de nuestro teléfono móvil o nuestra cámara digital nos perdemos de lo más importante: estar presentes en cada minuto, ver la vida en directo, mientras sucede. Nos estamos acostumbrando a vivir en diferido. En vez de experimentar cada minuto, lo almacenamos para retomarlo luego (si es que esto es posible) cuando veamos la imagen, pero por más que pensemos que tenemos ese instante guardado, nunca podremos recobrar lo que dejamos perder: las sensaciones, los olores, sabores y colores que percibimos y los pensamientos que tuvimos.
Todos esos detalles son los que hacen especial cada cosa que vivimos, no la imagen que guardamos de eso. La vida no tiene repetición instantánea por más que pretendamos preservarla en video. Cada minuto es único e irrepetible.
Como escribí en aquella oportunidad creo que estamos, por ejemplo, pasando más tiempo fotografiando atardeceres que disfrutándolos. Hay momentos que sin duda ameritan que los preservemos con una fotografía, pero no hay nada más reconfortante que llenar tus sentidos con lo que estás viviendo, plasmando en tu alma y tu mente lo que hace especial ese instante para tenerlo allí, en tu disco duro mental cada vez que quieras revivirlo. Creo que es hermoso tener una fotografía o un video de ese colibrí que llega a tu jardín a revolotear en las flores, pero más hermoso aún es quedarte quieto, respirar profundo y disfrutar con todos los sentidos de esa maravilla que nos brinda la naturaleza.

No te niego que seguiré tomando fotos de aquello que quiero conservar para verlo luego o enseñarlo a mis amigos y mi familia, pero trataré de pasar menos tiempo viendo la vida a través de la pantallita y procuraré enfocarme más en plasmar en mi mente lo que cada momento me hace sentir y así seguir poniendo ladrillos en mi vida en construcción. 

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