lunes, 29 de abril de 2013

De adoptar libros y otras historias...


Dios, la vida, el universo, la energía universal, o como quieras llamarlo nos está hablando constantemente, pero la mayoría de las veces no  nos damos la oportunidad ni el tiempo para escucharlo. Si estás esperando que te toque el hombro y te dé un sermón, déjame decirte que creo profundamente que por ahí no va la cosa. Tampoco creo en que lances una pregunta al cielo y una voz como la de James Earl Jones te conteste dando respuesta a tus inquietudes.
Como yo lo veo, es menos cinematográfico, nada de personajes vestidos de blanco ni llamas que surgen sin razón aparente. La cuestión es más natural. Es estar conscientes de que cada momento trae algo. En todo puedes hallar respuestas, mensajes, aclaratorias. ¿El secreto? Darnos el tiempo y el espacio para escuchar, sentir y entender.
¿A qué viene todo esto? A un episodio en particular que me ocurrió hace unos días. Pero déjame comenzar por el principio. Unos jóvenes emprendedores (@InteractivaSM y @RevistaNOS3) tuvieron la idea de crear un movimiento al que llamaron @AdoptaUnLibro con el objeto de incentivar la lectura. La idea es abandonar un libro en un lugar público con una nota* a fin de que alguien lo encuentre, lo lea y lo vuelva a abandonar. Yo, que soy una fanática de los libros, encontré la idea maravillosa y se la comenté a mis hijos.


En la noche, al llegar de su trabajo, mi hijo mayor me invitó a que fuéramos al centro comercial cercano a nuestra casa para que abandonáramos unos libros. A pesar de la hora y del cansancio, dije ¿por qué no? Comimos, pusimos las notas a nuestros libros y nos fuimos los tres en son de aventura.
Caminando y caminando decidí dejar el mío en una columna. Estaba al frente de una tienda, pero nadie miraba hacia afuera, así que aproveché. 
Las lanzas Coloradas. Arturo Uslar Pietri
Nos fuimos y subimos al segundo piso para ver el momento en el que se lo llevaran. Una chica de la tienda lo vio y se dirigía hacia él. De repente un vigilante del centro comercial llegó antes y lo tomó.  Vimos que se paró a conversar con la chica, le señalaba el libro, hablaba, hablaba, hablaba. Creíamos que se lo iba a dejar, pero después de una larga charla vimos cómo el vigilante se iba con el libro.
Seguimos al vigilante y lo vimos meter el libro en una caja de vidrio donde guardan los objetos perdidos. La desilusión nos atacó de golpe. Se nos arrugó el corazón al pensar que el libro quedara encerrado allí por los siglos de los siglos. Mi hijo reaccionó y me dijo: Hablemos con el vigilante. Confieso que no lo pensamos mucho, como tres locos recién salidos del sanatorio corrimos hacia el hombre que se alejaba de nosotros: ¡Epa, señor! ¡Amigo, amigo! ¡Hey, amigoooo! Al fin el vigilante nos vio y le echamos el cuento. “Ese libro no está perdido señor, lo dejamos como parte de bla, bla, bla, bla…”
Ahí comenzó la aventura. El vigilante resultó ser un excelente conversador y lector apasionado. Dijo que se emocionó mucho al ver ese libro de su autor favorito (Lanzas Coloradas de Arturo Uslar Pietri) colocado allí como un tesoro. “Un tesoro” repetía. Allí nos enteramos de que la larga conversación con la chica de la tienda versó sobre la admiración de él por Uslar Pietri, los años que pasó viendo sus programas, leyendo sus libros y columnas en la prensa. La intensidad con la que lo contaba nos emocionó. “Esto es un tesoro”, decía de nuevo, “ya sé a quién se lo voy a dar”.
Nos decía que tenía un amigo a quien le gustaba mucho leer y se lo iba a regalar, para que conociera la grandeza de Uslar. Pasamos largo rato conversando. Nos preparábamos para irnos, cuando Chanchamire (ese es su apellido) nos atrajo de nuevo diciéndonos: así se hacen las cosas buenas, ustedes no saben lo grande que es esto. Dicho esto nos quiso echar un cuento de sus tiempos de policía y con gusto nos quedamos a escucharlo.
Hacía muchos años atrás, una noche haciendo su ronda, vio a un vagabundo. Algo en su corazón le dijo que debía hacer algo y decidió llevarlo a la comisaría para que no pasara la noche en la calle. En la comisaria lo bañaron y le dieron ropa limpia, lo afeitaron y le dieron de comer.
Cuenta Chanchamire que al volver a su trabajo al día siguiente, le tocó quedarse en vez de salir a hacer ronda. A las afueras de las oficinas vio a una señora muy compungida. Otra vez haciendo caso a su corazón, salió y le preguntó si le ocurría algo y si podía ayudarla. La señora con lágrimas en los ojos le decía que estaba buscando a su hijo, que se había perdido hacía meses. Ella ya había dado vueltas y vueltas por distintas ciudades y no lo conseguía y ya no tenía fuerzas para seguir, por lo que se regresaba a su pueblo. Chanchamire le preguntó si tenía una foto del muchacho, quien sabe si en alguna de sus rondas lo veía y le avisaba. La señora sacó una foto de la cartera, se la mostró y oh sorpresa para el policía, era el vagabundo que había traído a la comisaría.
Llevó a la señora adentro, le preguntó a su jefe por el muchacho y le dijeron que seguía allí. Mayor emoción cuando la señora se reencontró con su hijo, y con llanto le preguntaba a Chanchamire que cómo le podía pagar.
Mirábamos al vigilante preguntándole con los ojos qué había pasado, qué había recibido de la señora. Nada, nos dijo, le dije que la vida se encargaría de eso. Que fuera tranquila y cuidara a su hijo. En la vida todo regresa, nos dijo. Si haces bien, seguro en algún momento el bien regresa a ti. Siempre se puede hacer algo bueno, nos dijo al despedirnos.
De allí, fuimos a otro lado del centro comercial a dejar el libro que mi hijo había escogido para dar en adopción. Lo dejamos en una mesa, nos fuimos a observar y en menos de tres minutos la misión fue cumplida.
¿Quién se ha llevado mi queso? Spencer Johnson
De camino a casa íbamos con el corazón lleno de cosas bonitas. La satisfacción de dar algo que quieres en la confianza de que otro lo disfrutará; y comprender que más allá de las caras que vemos pasar sin prestar atención hay corazones con algo para ofrecer, en este caso Chanchamire no solo nos regocijó por su pasión por Uslar y su emoción al saber que le iba a dar a su amigo un hermoso regalo sino por la bella historia que nos contó.
Insisto, el universo te habla constantemente, todo es cuestión de prestarle atención. Cada vez que entiendes lo que te dice pones otro ladrillo en tu vida en construcción.

jueves, 18 de abril de 2013

Carta a mi patria


Hoy me permito cambiar un poco el esquema de mi blog pues quiero dejar aquí un mensaje muy importante para mí y para millones de personas de mi país. Un mensaje que queremos le llegue a esa madre inmensa que es Venezuela. A ella le decimos que la esperamos, la soñamos y la extrañamos. Desde cada espacio en el que la vida nos ha puesto, con las herramientas con las que contemos, seguiremos luchando para volver a ver la verdadera cara de la patria que siempre hemos amado. 

Querida amiga:            
Me imagino tu expresión al recibir esta carta y pensarás: “Carolina no es del tipo que escribe cartas de amor”. Tienes razón, mi querida, no es una carta de amor, porque no hay epístola que por muy bellas palabras que tenga  pueda describir mis sentimientos hacia ti. Tampoco es una carta de desamor, porque cuando se ama como te he amado es imposible echar atrás el calendario y aparentar que aquí no ha pasado nada.

Es un simple desahogo, ¿sabes? Es un balbuceo que sale entrecortado de mi mente y armo como un rompecabezas para que puedas entenderlo. ¿Podrás? No sé, pero lo intento.            
Estás en mi cuerpo desde el primer trozo de aire que saboreó mi boca. Allí estuviste, grande, hermosa, recibiéndome en tus brazos inmensos que olían a mar y salitre. No sabía que te amaba entonces. Tu sí. Estoy segura. Poco a poco, mi boca fue aprendiendo a deletrearte, a nombrarte, y en las tardes, a veces, con mi cuatro, a cantarte. Cuánto te canté. Miro hacia atrás y me duele el pecho al darme cuenta de que ya no te canto mucho. Mejor dicho, no te canto. 

Estuviste conmigo en aquella escuela frente al mar. Pobre de estructura ella, pero con una sabiduría inmensa en su interior que me llenaba la cabeza y el corazón con palabras que hasta hoy conservo en mis haberes más queridos. Siempre conmigo. Allí veías, sobre mi hombro, cómo serpenteaban mis dedos en las páginas de la revista Tricolor y sabías que esas avalanchas de amor entraban por mis ojos y se fundían con mis células. Recuerdo que juntas reímos y aprendimos con los “Cuentos de Tío Tigre y Tío Conejo”. ¿Te acuerdas?

Amé tu compañía en los largos viajes por carretera, donde cada vez que comenzaba a molestarme por lo largo del camino, me alegrabas mostrándome paisajes llenos de colores que no estaban en mi caja de creyones. 
           
Mis sentimientos por ti crecieron día a día y fue por amor a ti que decidí mi carrera. Me empujaste a la “Casa que vence las sombras” y lograste que fuera mi hogar por cinco años que recuerdo con nostalgia. Allí pude conocerte mejor y supe que no era en vano haber nacido bajo tu cielo.

Cuánto hemos vivido juntas. Cuántas penas nuestros corazones compartieron. Cuántas alegrías regocijaron nuestras almas. Cuán duro es mirarte ahora y sentir que mis venas se encogen, mi corazón se descompasa y mis lágrimas se esfuerzan por no mojar mi cara.

Qué lejana te siento amiga. Mis hijos no te reconocen en los cuentos que les echo, en los que les relato mis aventuras contigo. Me preguntan, sin obtener respuesta porque no la tengo, dónde está esa amiga que me dio tanto. A veces piensan que les cuento tonterías, ideas locas que salen de mi imaginación; no pueden verte porque parece que no estuvieras. Hay un velo, les digo a veces, hay un velo que la esconde, pero seguro la conocerán. Segura estoy de ello, pero que lejana te siento aún, amiga.

Sé que no es tu culpa. Lo sé, pero entiende que vivir con el pecho oprimido por la angustia me hace, a veces, querer no quererte tanto. Paso días y semanas evitando saber de ti. Digo que no me importa lo que te pase, pero sé que soy como el zorro de la fábula.

Sé que sufres igual que yo. Estoy segura de que preferirías estar como siempre, ligera, ondulante con tus tres colores moviendo tus siete estrellas como brazos siempre abiertos dispuestos a dar y recibir a quien te pida y ofrezca. Sé que esa chispa tuya que atrajo a tantos de tantos lados quiere volver a encenderse y brindar luz a quien la necesite. Sé que estás ahí, herida, sí, pero viva y segura de que volverás a ser la de siempre. La de mi niñez, la de la escuela, la de mis quereres. Sé que esperas paciente.

Yo, mientras tanto, te escribo esta carta para aflojar un poco el nudo que tengo adentro. El mismo que me hace querer llorar cuando te recuerdo. Que me hace rabiar cuando veo que te usan y te cambian el rostro. Que me hace sentir vergüenza cuando no encuentro en mí el coraje que me enseñaste a tener para defenderte y traerte de vuelta a este cascarón vacío que hay entre las fronteras de tu cuerpo. Perdóname, amiga mía, porque el daño que me hace el extrañarte tanto me ha dejado sin fuerzas para seguir gritando las nueve letras de tu nombre.

Perdona el desahogo, querida mía, yo sé que me entiendes. Has pasado por tanto, que sé que esto pasará también. Te espero bajo tu cielo, amiga; te espero en tu araguaney, en tu turpial y en tu flor  de mayo. Te espero en mi vida para seguirte amando como siempre.

Siempre tuya, Carolina

domingo, 30 de diciembre de 2012

Cambiando el guarismo ☺


Yo no sé si a ti te pasa, pero cada vez que comienza un año me cuesta acostumbrarme al cambio de dígito. A veces llega febrero y yo todavía me equivoco cuando pongo la fecha en algún documento, con la carga de mal humor que eso implica, sobre todo si el error lo cometes en un banco en mi país (no sé dónde vivas, pero en Venezuela uno de  los mayores castigos que le puedan imponer a alguien es enviarlo a hacer una diligencia bancaria).

¡Bah!, pero este post no tiene que ver con bancos ni nada por el estilo. Estaba hablándote del cambio de número. Cuando se acercan estas fechas es inevitable que vengan a mi memoria mis días de escuela. Al comenzar las clases el 7 de enero, era fijo que yo pusiera a mis tareas la fecha con el año que recién finalizaba. Todavía puedo escuchar a mis maestras: “Carolina, por favor, corrige la fecha… ya estamos en 19 tanto” (no te pongo la fecha para que no comiences a sacar cuentas).

Esa equivocación, que creo que es bastante común, tiene que ver con la forma como nos enfrentamos a los cambios. Casi siempre ponemos resistencia a cualquier cosa que sea diferente a lo que venimos haciendo hasta ahora, desde escribir el nuevo año en la fecha hasta cosas que impliquen movimientos importantes en nuestra vida. Asumir los cambios es difícil, por qué te voy a decir lo contrario, pero cuando los vivimos a plenitud y en consciencia nos damos cuenta de cuántas cosas agregan a nuestra existencia.

Estamos a pocas horas de que empiece el 2013. Como yo siempre digo, estamos a punto de comenzar a escribir en un cuaderno con todas sus hojas en blanco, con ese olor a papel nuevo que alborota nuevos proyectos e ideas. Vamos a aprovecharlo en toda su extensión. Tratemos de escribir con letra bonita y sin borrones, no solo en las primeras páginas, sino en todas las hojas, hasta la última por la parte de atrás (esa que usamos siempre para escribir garabatos y dibujos varios).

Ese es un cambio grande, más grande que el de escribir un nuevo número en la fecha. Solemos comenzar todos los años con mucho brío y desinflarnos cuando comienza el segundo trimestre. Vamos a hacer que este nuevo cuaderno llamado 2012 2013 sea diferente a los anteriores. Así como tarde o temprano comenzamos a escribir bien la fecha, pensemos desde ya que este año que está por llegar será un cuaderno bien escrito, limpiecito y sin borrones. Llena todas las páginas sin miedo a equivocarte, total, del error solo puede quedar un aprendizaje.

Yo, por lo pronto, ya estoy comenzando a escribir 2012 2013 2013 2013 varias veces para que sean menos los borrones. A recibir los cambios con actitud positiva y no dejar que el miedo a equivocarnos nos paralice. Entremos en el 2013 (¿viste? ya lo escribí bien) con todos los hierros, con la mirada puesta en todas las posibilidades que nos ofrece. Que nos queden bien parejitos estos ladrillos en nuestra vida en construcción.


martes, 25 de diciembre de 2012

¡Feliz Navidad! ❤


La Navidad es un día diferente. Más allá de las creencias individuales, esta jornada tiene una luz distinta y un tiempo que marcha a otro ritmo. 

Lo que más deseo en esta fecha de energía especial es que cada uno, más allá de cosas materiales, reciba:
  •  toneladas de paz para calmar el alma inquieta; 
  • comprensión para entender lo que se hace inexplicable; 
  • valor para enfrentar los cambios por difíciles que sean; 
  • fe para confiar en que todo pasa; 
  • capacidad para perdonar y así liberar el corazón de resentimientos y culpas; 
  • y amor sin medida para llegar a ser lo que estamos destinados a ser.
Ojalá esta luz que ilumina con más intensidad y este tiempo que camina al compás del corazón puedan quedarse en cada uno de nosotros como acompañantes constantes que nos permitan ser mejores personas cada día para poder seguir poniendo ladrillos en nuestra vida en construcción.






lunes, 17 de diciembre de 2012

Propósitos de Año Nuevo


Ya llegó esa época del año en la que la constante inoculación de espíritu navideño intravenoso en dosis masivas nos hace olvidar muchas cosas, recordar otras tantas, correr de un lado a otro buscando “aquel regalo” y plantearnos listas de propósitos llenas de muchas buenas intenciones…que generalmente no se cumplen.

Si has leído hasta aquí quizá me puedas tildar de Grinch y no te quitaría yo razón. Algo de eso hay. Realmente no soy de las que pasa el año esperando que llegue diciembre, pero tampoco te puedo decir que no me dejo llevar por la marea navideña, de hecho preparo mis hallacas y pan de jamón cantando “El burrito sabanero”, “Santa Claus is coming to town” y las gaitas de Guaco y Maracaibo 15 (mis favoritas de siempre).

Pongo mi arbolito de navidad como todo el mundo, pero eso sí con los colores tradicionales, rojo y verde con toques plateados y dorados. Nada de cambiar cada año de color como si Navidad fuera una moda. Pongo mis pesebres, mis cojines festivos, mi mantel rojo y trato de que no falte mi Flor de Navidad en el centro de la mesa.

¿Y entonces, Carola, cuál es tu rollo con esta temporada? Sé que me preguntas eso en este momento y yo te contesto: No tengo ningún rollo raro con la Navidad, simplemente me parece que exageramos mucho en este último mes del año y nos desinflamos los otros once.

Desde noviembre comienza el bombardeo de cuñas, vallas, folletos navideños, decoraciones festivas y mensajes de “amor y paz”. Lo que me gustaría, te confieso, es que ese espíritu alegre en el cual el amor por los demás llega a niveles muy bonitos, durara todo el año. Es una cuestión de ser consecuentes. ¿Por qué ser buenos, amables, regalones y sonrientes durante este mes y luego pasar once meses con resentimientos, rencores, culpas y gritos en el tráfico, por decir lo menos? ¿Me explico? No entiendo cómo la gente se convierte en una cosa en diciembre y en otra el resto del año. Como un Jekyll y Mr. Hyde de temporada, pues.

No es que quiera que la Navidad dure todo el año. No creo poder aguantar 365 días de tintineos y escarcha. Lo que me gustaría muchísimo es que ese ánimo, esas ganas de hacer cosas, de llevar adelante proyectos, de mirar las cosas desde un punto de vista más positivo, de ser mejores personas, se quedara en nosotros cada minuto de nuestra vida.

Por eso las listas de propósitos de Año Nuevo son hermosas, loables, admirables, pero poco ejecutables. Cuando las escribes lo haces desde un estado, diría yo, artificial, influenciado por el olor característico de la época que mezcla hallacapan de jamón, canela; el sonido de villancicos, aguinaldos y gaitas; los arbolitos, acebos y demás adornos donde quiera que vas y la imagen de las vendedoras con el gorrito de Santa y la sonrisa en los labios.

Yo prefiero no esperar el primer minuto del Año Nuevo para procurar ser mejor persona. Si empezamos ahorita es más probable que se convierta en una actitud permanente. Yo te propongo, desde ya, comenzar a ejecutar nuestros buenos propósitos. ¿Hacemos la lista? Para luego es tarde.
Desde aquí te envío mi  agradecimiento por haberme leído durante el 2012 y te espero el  próximo año para que sigamos poniendo más ladrillos en nuestra vida en construcción.

Feliz 2013