domingo, 13 de julio de 2014

El que busca, encuentra

Si  has leído mis escritos anteriormente debes ya saber que no creo en la casualidad. En mi cabeza no cabe la idea de que en un universo tan perfectamente creado haya espacio para el azar o lo accidental. Todo pasa por algo. Todo se interconecta. Si lleváramos un diario de las cosas que vemos, oímos y experimentamos cada día, al revisar hacia  atrás  nos daríamos cuenta de  cuánta  sincronicidad,  causalidad,  interrelación, o  como  quieras llamarle,  existe  en  nuestra  vida.

Además, debes saber que suelo escribir de las cosas que me gustan y me hacen sentir bien. Eso, creo, es con lo que debemos construir nuestras vidas, y la mía, como te habrás dado cuenta, está en construcción. Por eso es que si me has leído debes conocer a Emi, de quien ya he escrito en otras oportunidades (realmente cada vez que voy a cortarme el cabello con ella, es como una epifanía. Las palabras se me alborotan y de alguna manera debo expresarlo, a veces por aquí, otras veces por Facebook, y otras por Twitter).

¿Qué tiene que ver el primer párrafo con el segundo? Bueno, como te imaginarás, ayer fui a cortarme el cabello (si quieres saber lo que eso significa ve aquí). Hoy domingo, me levanté muy temprano y buscando algún video de Wayne Dyer (sabes que me encanta), no sé cómo terminé viendo uno de alguien que no conocía, pero que me cautivó. El hombre se llama Rob Bell y el video se llama "Everything is spiritual" (Todo es espiritual). Ahí se dio la conexión.

El video no tiene desperdicio. Casi al final hubo una frase que me hizo clic y se enlazó con la tarde de sábado donde Emi. Bell dijo: "Lo que buscas, encuentras. Si quieres ser cínico, hay mucho por que ser cínico. Si quieres ser escéptico, hay mucho por que ser escéptico. Si quieres ser pesimista, hay mucho por que ser pesimista. Lo que buscas, encuentras". Y eso es precisamente lo que percibí el día anterior sentada en el sofá del salón de Emi, escuchándola reír, viéndola trabajar y disfrutar plenamente de lo que estaba haciendo.


El sofá de Emi
Sobre el sofá de Emi (disculpa el paréntesis) debo decirte que también es especial. Tiene muchos cuentos ese cómodo amigo que te seduce y te hace no querer pararte jamás de él. Ese sofá, igual que las tijeras de Emi, está encantado. Si estás tenso, te relaja. Si tienes ideas locas en la cabeza, te las quita. Es un sofá del aquí y ahora. Te hace vivir el momento y confieso que a mí me hace percibir cosas más allá de lo que las palabras dicen. 

Sentada en ese divino sofá, veía a Emi trabajar. Eran casi las tres de la tarde y ella aún no había almorzado. Ni siquiera se había podido sentar desde que abrió en la mañana porque no dejaban de llegar clientes. Uno tras otro. Sin pausa. Emi estaba muerta de hambre y no dudo que cansada también, pero ¿se quejó? ¿Estuvo de mal humor por no haber podido descansar diez minutos? ¿El hambre hizo que tratara a alguien de mala manera o que hiciera su trabajo "a lo rápido" para poder comer? Absolutamente no.

¿Saben qué es lo más sabroso de todo? Que Emi estuvo todo el día riendo. Cuando alguien comentó acerca de su risa, ella solo dijo: "Las risas con gratis. Esta vida es para reírse". Y hoy, cuando escuché a Rob Bell, se conectaron las dos ideas, la de Bell y la de Emi.  Si buscas, encuentras. Es sencillo. Emi decide cada día buscar detalles por los cuales agradecer a la vida, y los encuentra. El sábado llovía, hacía mucho calor, el aire acondicionado estaba fallando un poco, tenía hambre y estaba cansada, pero Emi decidió buscar aquello que le permitiera seguir riendo, y por supuesto, lo logró.

No es que ella sea extraterrestre. Es absolutamente igual que tú y que yo. También tiene problemas, días no tan brillantes, obligaciones económicas, en fin, de todos esos ingredientes de los que está compuesta la vida. El secreto es no enfocarse en lo malo, lo feo, en la queja constante, porque el que busca encuentra.

Yo, como Emi, continúo en la búsqueda constante de cosas que me lleven a reír, a disfrutar y agradecer cada momento que vivo. Como el que busca encuentra, sigo buscando ladrillos bonitos para mi vida en construcción. 

jueves, 12 de junio de 2014

Mi máquina del tiempo

En casa están realizando algunos trabajos de remodelación. Todo es un desastre como imaginarás, pero hasta en un caos de tierra y escombros se puede tropezar uno con algo que cambie el gesto cansado por una buena sonrisa.

Tratando de mantener la normalidad, al final de la tarde, cuando el albañil se despide hasta el otro día, me dedico a barrer y ordenar (mejor entre comillas, "ordenar") un poco. En uno de esos momentos, la escoba encontró algo un poco más pesado que el simple montón de tierra. Lo que creí era una piedra daba vueltas con cada empujón. Al acercarme y reconocer su inconfundible color Berol Prismacolor*, algo pasó.

Lo agarré y fue como si me hubiera sentado en la máquina del tiempo de H.G. Wells. De repente, me encontré en el barrio donde nací buscando por todo el callejón, junto a mis amigas, algo para rayar el cemento de la calle. Siempre pasaba lo mismo cuando queríamos jugar pisé: "¿Quién tiene tiza?". Silencio. Nos mirábamos las caras y sin hablar sabíamos que debíamos emprender la búsqueda de algo que nos sirviera para dibujar los grandes cuadros que nos entretendrían hasta que el sol, que siempre se cansaba antes que nosotras, se despidiera.

Buscábamos por todos los recovecos, patios, construcciones paralizadas, en fin, traíamos piedras, pedazos de materiales desconocidos, pero el más preciado tesoro que podíamos encontrar era un pedazo de ladrillo. Hallarlo era una celebración, el mejor preámbulo al juego. En ese pedazo de arcilla cocida se concentraban horas de futura diversión.

La recién encontrada gema se deslizaba por la calle dejando tras de sí una huella entre rojo y naranja que le daba a nuestro juego cotidiano un aire especial. Reciclaje, autosustentabilidad, emprendimiento propio eran palabras ajenas a nuestro léxico, pero las ejercíamos a cabalidad cada tarde. No necesitábamos nada más que un pedazo de algo inservible para otros, nuestra imaginación y buenas piernas para pasarlo bien. No existían los videojuegos, computadoras, ni internet, pero vivíamos momentos memorables sin que se nos agotaran las baterías. Nuestro Game Over era anunciado por los gritos maternos: "Ya es de noche, mijitas, ¿no piensan comer?".

Foto de Verónica Peña
Volví al presente, seguí con mi afán de limpieza y la sonrisa no se me borró en un buen rato. Fue sabroso recordar cómo esos pedacitos de arcilla de mi infancia han sido grandes ladrillos en mi vida en construcción.

*En mi niñez los nombres de los creyones Prismacolor eran nuestra referencia cromática. Mi camisa del liceo era amarillo pollito, mientras que la de otro liceo cercano era amarillo canario. El rojo ladrillo, azul petróleo, verde esmeralda, rojo carmesí, azul cielo, verde grama, entre una infinidad de nombres colorearon nuestros sueños en aquellos años (para qué te miento, aún a mi edad sigo llamando a los colores por el creyón que le corresponde)


jueves, 29 de mayo de 2014

Menos cháchara, más atención

¿Te has fijado cuántas tonterías pasan por tu cabeza a cada momento? Caminas en automático mientras en tu cerebro hay una cháchara mental que la mayoría de las veces se refiere a problemas y preocupaciones. Lo peor es que te atascas en esa conversación sin sentido y vas impregnando con esa energía todas las actividades del día.
     Nos hemos acostumbrado tanto a esa conversación imaginaria, que incluso cuando estamos hablando con gente real frente a nosotros, en vez de atender lo que nos dicen, estamos prestando atención a la conversa interna. La mayoría de las veces no escuchamos a nuestros interlocutores, sino que cerramos el oído y nos dedicamos a fabricar respuestas aunque no nos las hayan pedido.
   Nos perdemos ese momento mágico de sentir la conexión con aquello que nos están diciendo, de ponernos en sintonía con la vibración del otro y hacer de la conversa un verdadero momento de comunicación.
     Estoy convencida de que eso es consecuencia del gran desorden que tenemos en el que yo llamo el clóset mental. Como les conté en una entrada anterior, a finales del 2013 publiqué mi libro "Organiza tu clóset mental y vive mejor". Limpiar el clóset mental es deshacernos de todos esos pensamientos, creencias y emociones negativas que cargamos encima y que no nos sirven de nada. A lo mejor nos quedan apretadas, o demasiado grandes, o están rotas o simplemente ya no cuadran con nuestra vida. Igual que en nuestro clóset real.
      Es por ese desorden en este clóset que cargamos en la cabeza que muchas veces dejamos de aprender mil cosas porque no tenemos espacio para ellas. Cada encuentro con otra persona es una oportunidad de recargar energía y de asimilar muchos aprendizajes a partir de las experiencia de otros. Lo triste es que casi nunca prestamos atención real a lo que nos están diciendo, lo que nos hace pasar de largo ante cosas que serían de mucho beneficio.
    Cuando conversamos con alguien, pocas veces estamos cien por ciento en dicha conversación. Casi siempre estamos en una de estas tres actividades mentales (cuidado si no en las tres a la vez, lo que hace que ya no solo no estemos atentos a las palabras del otro sino que nos transportamos directamente a la luna):

* Elaborando una respuesta a lo que está diciendo el otro (aunque no se nos esté preguntando nada).

* Buscando argumentos para rebatir lo que está diciendo el otro (aunque no sea una discusión ni haya nada que rebatir), o decir algo que "supere" a lo que el otro está diciendo.

* Pensando en lo que tenemos que hacer después de que termine la conversación.

    A lo mejor analizándote cuidadosamente tú puedes señalar otras actividades varias que realizamos en nuestra cabeza mientras supuestamente escuchamos a nuestros interlocutores. Estas tres son las que observo con más frecuencia.
   No es nada raro, realmente, y es una muestra de lo frágil que es nuestra atención. No estamos acostumbrados a concentrarnos en algo, a enfocarnos en el aquí y el ahora. Siempre estamos divagando y en ese divagar nos perdemos muchas cosas maravillosas.
    Creo que nunca es tarde para proponernos mejorar algo en nuestra vida. Desarrollar nuestra atención y hacernos más conscientes de cada minuto vivido es algo que definitivamente vale la pena intentar.


    La próxima vez que converses con alguien, trata de acallar la cháchara que tiene lugar en tu cabeza y haz un esfuerzo por escuchar atentamente lo que el otro dice. Te aseguro que te darás cuenta de muchas cosas que habías pasado por alto y recibirás sabrosas sorpresas. Yo voy a seguir trabajando en eso y seguir colocando nuevos ladrillos en mi vida en construcción.

lunes, 12 de mayo de 2014

De elefantes y ratones

Hoy comienzo la semana cambiando de dígito. Me gustan los nuevos comienzos. Creo que cada cumpleaños es una excelente oportunidad  para reflexionar sobre el momento que estoy viviendo. Ese presente que a fin de cuentas es el único tiempo que realmente tenemos.
No me puedo quejar, al contrario, tengo mucho que agradecer en esta etapa de mi vida, o tal vez es que como he asumido el agradecimiento como una práctica constante me es imposible pasar de largo ante cada maravilla que me toca vivir. Desde el respirar profundo al despertar (¿qué mayor milagro que ese?), hasta el acostarme cansada enumerando las vivencias y el aprendizaje de cada día.
Pero esta entrada va más allá de la circunstancia de mi cumpleaños. Quiero dedicarlo a una hermosa iniciativa de dos chicas inteligentes y bellas a quienes tuve el privilegio de tener como alumnas en mis tiempos de docente universitaria. Lo que han hecho estas dos bellezas es de las cosas que se logran cuando uno organiza su clóset mental.
Luego de sacar de su armario ese fastidioso miedo a lo desconocido, desechar inseguridades colgadas en algún gancho oxidado, y botar una que otra creencia limitante que ocupaba espacio por gusto, se dieron cuenta de que tenían un mundo a su alcance y la habilidad, entereza y coraje para conquistarlo.
Comenzaron con una idea que se fue transformando en sueño, para luego convertirlo en un objetivo a lograr más temprano que tarde. Así nació Elefantes y ratones, una hermosura de página que estoy segura será un éxito total porque en cada detalle está el corazón de estas chicas impregnado como un sello.


Me encanta una frase con la que explican Yenny y Diva lo que significa EyR: "Elefantes y ratones es una analogía para representar el miedo que sienten los adultos, en este caso representado por los elefantes, frente a seres tan pequeños e indefensos como sus hijos, es decir, los ratones".
Ellas se dieron a la tarea de buscar profesionales en distintas áreas que colaboraran con la página a fin de ayudar a los papás en la labor de criar a sus hijos, y lo lograron. Y no es para menos, porque cuando se tiene una idea que significa un aporte para los demás, no son pocos los que están dispuestos a poner su granito de arena.
¿Qué les puedo decir? La página es bella, bien pensada, alegre, y lo más importante, con muchísima información de utilidad para los papás novatos y los no tan novatos, que para todos hay.
Estas son de esas cosas que me hacen siempre estar agradecida de la vida. De esos detalles que me hacen sonreír y sentir los rayos del sol aun en los días nublados. 
Yenny y Diva están comenzando un nuevo camino y estoy más que segura que disfrutarán un montón el recorrido. Yo, como siempre, sigo poniendo ladrillos bonitos como este en mi vida en construcción.

viernes, 31 de enero de 2014

¿Te revuelcas en el charco de tus desgracias?

Hay personas que pareciera que no pueden concebir la vida si no es dentro del escenario de un drama constante. La felicidad trata de atropellarlas, pero ellas la esquivan de manera increíble, y tras tumbos y volteretas caen de nuevo en su cómodo charco donde se revuelcan a gusto en el lodo de sus desgracias. Es muy difícil sacarlas del fango. Se aferran a la insatisfacción, a la tristeza, al pesimismo, como si de eso dependiera su supervivencia. Le huyen a la luz que les indica la salida, a la soga que les evitaría la caída. Ante cualquier atisbo de que su vida va por buen camino, escudriñan, hurgan, escarban, hasta encontrar ese "pero" que les devuelva  su dosis de drama que los calma como la droga calma al adicto.

Hace unos días le comentaba a un amigo que a personas así no se les puede hablar de "autoayuda" porque la rechazan de plano, pues autoayuda significa que como tú eres responsable de todo lo que aparece en tu vida, el trabajo de ayudarte, de mejorar, lo tienes que asumir tú mismo. Eso requiere de esfuerzo y compromiso personal, un alto precio que no están dispuestos a pagar sobre todo si se puede evitar culpando al mundo, al entorno, a la mala suerte o a la alineación de los planetas de sus desgracias. Todo el control de su vida lo ponen fuera de ellos, para poder seguir rumiando sus penas y recibiendo de vez en cuando algunas palmaditas en la espalda con algunos toques de conmiseración ajena.

Uno quisiera insistir en ayudarlos, pero termina aprendiendo que el que desea ayuda la pide y el que no la pide la rechaza cuando se le brinda. Esto me recuerda aquel chiste cruel del hombre que se está ahogando y llega una persona y le tira un salvavidas y el atribulado lo rechaza gritando: Dios me salvará. Otro buen samaritano le lanza una cuerda y vuelve el hombre a rechazarlo. Pasa un voluntario en un bote y le extiende la mano recibiendo como respuesta: Tranquilo, Dios me salvará. Por supuesto, el hombre muere ahogado y al encontrarse con Dios le reclama: caramba, Dios, me abandonaste. Te pedí ayuda y no me escuchaste. A lo que Dios le respondió: ¿No te escuché? Te tiré un salvavidas, te lancé una soga y hasta te mandé un bote y los rechazaste. 

Soy una convencida de que nuestros pensamientos configuran nuestra vida. Aquello en lo que nos enfocamos es lo que recibiremos. Afortunadamente tenemos la libertad de escoger en qué ponemos nuestra atención. Tú puedes escoger entre seguir revolcándote en el lodo de tus desgracias o sacudirte el fango y comenzar a vivir lo bueno que te ofrece el universo. Yo, por mi parte, sigo aquí organizando mi clóset mental, enfocándome en agradecer lo bueno que trae cada día y poniendo más ladrillos en mi vida en construcción.