viernes, 22 de agosto de 2014

Yo no conozco a Simonovis

Yo no conozco a Iván Simonovis. Tampoco a su esposa Bony, ni a sus hijos. No he tenido ese placer, pero no hace falta. Vivo en el mismo suelo que ellos y amo a la misma patria que ellos, a pesar de todo, aman. Vivo y supero cada día, como ellos, la inmensa tristeza de ver a mi país, bendecido por Dios con riquezas incalculables y bellezas indescriptibles, saqueado desde sus entrañas por quienes, traicionándola y ejerciendo un poder que no les corresponde, se empeñan en destruirla sin descanso día a día, sin otra ¿razón? que resentimientos absurdos y apetencias personales insaciables.

Igual que Bony hago malabares para conseguir los alimentos, las medicinas y los artículos que cualquier persona necesita para vivir dignamente. Igual que ella, me preocupo por la seguridad de mis muchachos, quienes ven limitado su derecho a ser jóvenes a plenitud por temor a ser asaltados o secuestrados mientras salen de ver una película en el cine. Como ella, insisto día a día en explicarle a mis hijos que esto que vivimos no es lo normal. Que en un país gobernado por gente decente y capacitada no habría necesidad de lavar el cerebro de los niños tergiversando la historia ni adorando a lo que no se debe adorar; ni hacer de la mentira la política oficial; ni de desangrar a la patria regalando sus recursos para comprar apoyos ajenos; ni de matar a la gente de hambre porque desmantelaron el sistema productivo y son incapaces de producir nada útil; ni de robarle la dignidad a las personas obligándolas a mendigar en colas bajo el sol por el derecho a comprar comida, entre otras cosas.

Sí, como los Simonovis padezco todas las dificultades diarias que enfrentamos todos los venezolanos. Lo que nos diferencia es un detalle del tamaño del pico Bolívar. El cabeza de familia, Iván, lleva diez años injustamente preso, en condiciones indignantes que cada día hacen mella en su salud y que han convertido su tiempo en prisión en una sentencia de muerte en un país en el que esta figura es ilegal.

No suelo escribir sobre estos temas en mi blog, ustedes lo saben. La idea de este espacio siempre ha sido buscarle la vuelta a la vida y ver oportunidades en las dificultades, pero igual que cuando escribí Solange somos todos, hay una necesidad en cada uno de nosotros de ser empáticos y compasivos que no podemos soslayar, y que en mi caso, me pone a escribir.
Simonovis, insisto, preso gracias a una "justicia" corrupta, ha sido privado del derecho a recibir la luz del sol vital para el ser humano y de ejercitarse para mantenerse mínimamente saludable. La crueldad y ensañamiento de quienes tienen secuestrado el poder en nuestro país han logrado que Iván a estas alturas padezca de diecinueve enfermedades, entre ellas cardiopatías, osteoporosis, esofagitis, etc., que lo están matando lentamente ante la mirada indolente de las autoridades. Si cuando tenemos UN problema de salud la vida se nos pone de cuadritos, ¿se imaginan padecer de DIECINUEVE y sin recibir tratamiento?

Ni un atisbo de humanidad han demostrado los responsables de esta atrocidad. Cómo esperar humanidad de quienes han hecho del irrespeto a las leyes básicas sobre derechos humanos su bandera. Pareciera que "jueces", "defensores del pueblo", "diputados", "ministros" (me disculpan que los entrecomille, pero es que son un decir porque esos cargos les quedan muy grandes), se alimentaran de la maldad y del daño que sus acciones provocan. Por ellos también siento compasión, qué les puedo decir, nadie les enseñó a ser y comportarse como seres humanos.

La gente consciente de mi país está pidiendo a gritos por cuarta vez una medida humanitaria en el caso de Simonovis. Medida que no hiciera falta si en mi país se respetara la Constitución, las leyes y el estado de derecho, pues si esto fuera así, Iván Simonovis no hubiera pasado ni un día preso. El pueblo venezolano, y en él incluyo a aquellos simpatizantes de este gobierno que no han perdido su alma todavía, clama por la medida que le otorgue la libertad condicional a Simonovis en vista de su grave estado de salud.

Escribo esto con la esperanza de que más temprano que tarde pueda sentarme a redactar otro artículo en el que manifieste mi alegría porque Iván Simonovis recibe el tratamiento adecuado a sus enfermedades y recupera de a poco la vida que le fue robada. Recuerdo la alegría que sentí al escribir Brindemos por Sol, sé que no es imposible repetirla.

Ustedes, quienes me leen, me conocen. Saben que creo en que los milagros existen y que la vida a cada minuto nos muestra uno, pero que a veces somos ciegos ante ellos. No conozco a Iván Simonovis, tampoco a su esposa Bony, ni a sus hijos, solo sé que como ellos no dejaré nunca de buscar cada día un nuevo ladrillo que colocar en mi vida en construcción.

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