domingo, 14 de marzo de 2010

Recuerdos de Semana Santa

Hoy es domingo. No es que me gusten mucho los domingos porque empiezo a pensar que ya mañana es lunes y empieza la levantadera temprano, la lonchera del chamo, la ropa sucia desbordada, el plomero que no viene, las visitas a la farmacia, las compras en el supermercado y al llegar a casa ver que olvidé lo que más necesitabas, en fin, esas  cositas que le dan sabor a nuestra existencia.
Pero lo que me gusta del domingo es que puedo quedarme en la camita, arropadita, y ponerme a leer aquellas cosas que no me dio tiempo revisar en la semana.
Hoy me desperté, me tomé mi infaltable café con leche, me devolví a la cama, prendí mi mini laptop y comencé a navegar. Cuando vengo a mi blog a ver cómo andan las cosas por aquí me encuentro que uno de mis blogs favoritos fue actualizado y para allá me fui.
Ir a “Cuentos de Otoño” siempre es un placer. No sólo porque lo escribe mi amigo David, sino porque siempre me saca una carcajada con sus ocurrencias.
Hoy me llevó a mi infancia (él y yo crecimos en la misma localidad) contando sus aventuras y desventuras durante las Semanas Santas de su niñez. Me hizo recordar tanto las mías que tuve que venir y copiarle la idea. Como él dice, en aquellos años de nuestra inocencia, la Semana Santa era una serie de días de misterios, en mi caso alimentados por mi vecina, pues en casa nunca fueron fanáticos de la religión (yo tampoco lo soy, pero eso a lo mejor será tema de otro post).
Uno de los misterios que me llevaban a la máxima culpabilidad era el de no comer carne, para mi vecina no sólo era el Viernes Santo, sino toda la bendita semana. Si en mi casa preparaban carne molida me venía a la mente el pobre Jesús pasando por la moledora del “mocho” (el carnicero del barrio). Si me antojaba de un pedacito de jamón, me preguntaba qué parte del Señor me estaría comiendo. ¡Dios! Qué manera de hacerme sentir culpable en los tiernos años de mi formación psicológica.
El otro era la playa. Vivíamos en el litoral. La playa era el pan de cada día. Día libre, chupulún, para la playa. 

Pero NO en Semana Santa. Mi vecina nos decía que si nos bañábamos en el mar en esos días nos convertiríamos en pescados (me imagino que era en peces porque estaríamos en el mar, pero ella nos ratificaba: EN PESCADOS). Eso me llenaba de angustias, porque pensaba en esa cantidad de gente que formaba tremendas colas en las vías para ir a la playa en esos días. No me explicaba cómo hacían para volver a convertirse en personas, porque yo los veía tan normalitos después de su día de playa que no sabía cómo ocurría ese fenómeno. Por si acaso, nunca fui a la playa en esos días. Aún hoy, a mi edad medio madura, me pregunto de dónde carrizo salió ese mito.
Las procesiones eran otras de las fijas de mi vecina. “Vístanse que vamos a procesión”. Teníamos que ir, porque si no sufriríamos el castigo divino. Nunca entendí porqué pasear a un muñeco de yeso por toda la calle, darle la vuelta a la Plaza Lourdes para después dejarlo en su lugar dentro de la iglesia de Maiquetía (San Sebastián).

 La caminata era demoledora, aún para nuestros pocos años, porque era un gentío, te empujaban, te llenaban de sudor, te llevaban pa’lante y pa’tras, en fin, era como una jornada en un gimnasio sin personal trainer. Llegábamos molidos y claro nos portábamos como unos santitos pero no porque nos hubiera entrado el Espíritu Santo, sino porque estábamos agotados.
Lo mejor de la Semana Santa era ir al cine. “El mártir del Calvario”, “La vida y pasión de Cristo",


 “Los diez mandamientos”, todos los años las mismas películas, pero al final venía lo mejor, mi vecina nos premiaba por ser tan buenos niños y nos compraba barquillas de chocolate. Definitivamente lo mejor de la semana.
Bien, todos estos recuerdos se los debo a mi amigo David, no dejen de ir a su blog y leer ese post. Se los recomiendo. De mi vecina, les cuento que la conozco desde que yo tenía dos años, siempre fue mi segunda madre, me enseñó que el aguacate es sabroso y que su mondongo es lo mejor del mundo y aún hoy, viviendo en diferentes y lejanos estados del país, nos llamamos constantemente y nos vemos cada vez que podemos.
Buen comienzo de domingo para mí. Estos recuerdos de aquellos años son, sin duda, las bases de los ladrillos que hoy pongo en mi vida en construcción.

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