No fue nada de eso lo que hizo mi día especial, aunque pensándolo bien, tener la posibilidad de hacer todas esas cosas, tomando en cuenta algunas cosillas de salud que me aquejan, es realmente especial y además agradezco infinitamente al universo por darme la posibilidad de vivirlo y gozármelo, con lo bueno, lo malo y lo regular.
Pero otra vez me voy del tema. Les dije que ayer fue un día especial porque cumplí con un deseo que tenía hace varios días y por una cuestión o por otra no lo había hecho. Yo les había contado en un post anterior que gracias a esa herramienta cibernáutica y tan de moda llamada Facebook, me había reencontrado con viejos quereres, con cariños entrañables que el tiempo y la vida misma con sus afanes se encargó de ir guardándolos en algún baúl, junto con fotos descoloridas, papelitos con mensajes de eterna amistad y cuadernos de clase con notas al margen para sacar una sonrisa en alguna aburrida clase.
Allí les comenté sobre mi grupo de cuarensexies, compañeras de clases en la etapa universitaria y entrañables amigas con el paso de más de 25 años, gracias al ciberespacio. Somos un grupo bastante diverso. Unas vivimos en diferentes ciudades de Venezuela, otra en Canadá, otra en Italia y una en Miami. Bastante internacionales que somos. Mantenemos una relación increíble en nuestro hilo. Es nuestro lugar de encuentro, de risas, llantos y hasta terapias.
Pero Dios, qué vueltero y qué forma de salirme del tema. Voy al grano, mi día fue muy especial porque tenía tiempo con ganas de hablar con una de mis cuarensexies que vive en Italia, en un pueblito llamado Anagni.
Tengo días que pienso mucho en ella mandándole full energía para algunos problemillas de esos que a ninguno nos falta.
Cuando salía de mi cita médica (todo bien, gracias), pasé justo frente a un centro de llamadas. Nadie puede perderse una señal así, tendría que ser ciega para no verlo. Entré, marqué la cantidad inmensa de números que hay que digitar para llamar al otro lado del charco y me ha contestado mi querida amiga Mary.
Escuchar su voz me revolvió las endorfinas; dolores, males y demás, se calmaron con los sentimientos tan bonitos que surgieron al escuchar su “Pronto”. Hablamos como si nos hubiéramos visto ayer en el supermercado (claro, nos vemos las letras todo los días en nuestro hilo mágico), pero escuchar su voz fue una inyección de energía para hoy y el resto de la semana.
Ni hablar de ella, su emoción se sentía en la pequeña cabina en la que me encontraba. Mi sonrisa no podía ser más extensa. Me imagino que la de ella también.
Bueno, eso era lo que quería contarles de mi día especial. Sigo insistiendo en que quien siga diciendo que internet es un medio frío e impersonal está de un equivocado total. Este sustituto de la vieja agendita de teléfonos que siempre andaba perdida o bastante desactualizada es un recuperador de cariños y un generador de amor que es lo que más falta le hace a este planeta. La llamada a Mary, allá en su pequeño pueblito de Agnani, es otro importante ladrillo en mi vida en construcción.
